Buscando algunas de las raíces de nuestros “bajitos” hemos aterrizado en Las Villuercas, en plena provincia de Cáceres.

En el entorno del Monasterio de Guadalupe llama la atención la emblemática silueta de Pico Agudo (1094 msnm). Hacia su cumbre orientamos nuestra brújula.

La subida comienza en el Castaño Abuelo, monumento natural que otrora sirvió de refugio para pastores que se guarnecían de la lluvia metiéndose en su tronco hueco. Hoy sus raíces sirven de improvisada mesa de picnic.

Y se puede ver un bosque que ilustrará la imaginación de los niños cuando lean cuentos.

El abuelo se agacha para no lastimarse con las ramas bajas, el nieto se agacha por simpatía. (¡Si es que es mú salao!)

Y allá va él, con la alegría y la energía propias de sus tres años.

Con este grupo tan compacto el éxito estaba asegurado. Paula ha hecho cima con su hermano (el por ahora benjamín), con su madre y su padre, con su abuelo y su tío.

Merecido refresco de agua del río Guadalupejo mientras divisamos abajo la Villa de Guadalupe.

El padre de familia, pozo de serenidad, organiza sus planes de vida en armonía con la naturaleza.

Y la madre, contrapunto pragmático, otea el horizonte en busca de buenas nuevas.

Y los bajitos a lo suyo: cante y baile.

Emprendemos la bajada, cada cual sabe a quien debe recurrir para descender seguro.

He aquí un ejemplo de que lo se recibe se aprende y luego se practica.

Hansel y Gretel repostando.

Nos vamos, la sierra siempre estará ahí, deseando veros crecer.